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CATEO DEL MIASMA

Luis Alberto Arista Montoya* La ciudad de Lima, nuestra capital, se está tornando en una ciudad poco amigable o apañadora, no solo por los males sociales (asaltos, violencia callejera, corrupción política, narcotráfico, violencia contra niños y mujeres

CATEO DEL MIASMA



03/05/19 - 05:55

Luis Alberto Arista Montoya*

    La ciudad de Lima, nuestra capital, se está tornando en una ciudad  poco amigable o apañadora, no solo por los males sociales (asaltos, violencia callejera, corrupción política, narcotráfico,  violencia contra niños y mujeres, infernal tránsito de vehículos motorizados) que viene padeciendo  su árido  suelo y caótico piso urbano, si no por los males que surgen también desde su turbio subsuelo.

     Tanto su exterioridad urbana como la dentritud de su cuerpo  están siendo infestados por un miasma de carácter social, tanto como por otro de carácter orgánico y fétido.

    El Diccionario  Real de la  Academia Española (DRAE) define la palabra miasma como “efluvio maligno que desprenden  los cuerpos enfermos, materias corruptas o aguas estancadas”. Esta palabra asaltó nuestra mente y sensibilidad el otro día ante la  imposibilidad de caminar en paz  por las calles de Lima: pues, en calles, avenidas y plazas los obreros de Sedapal y de  constructoras de edificios han abierto infinidad de pozos de cateo de tuberías y  bocatomas de desagüe. Los peatones tenemos que caminar evadiendo los prescintos de seguridad naranja, poniendo en peligro nuestras vidas    A ese cateo lo llamamos cateo del miasma.  Esos pobres obreros que trabajan   sin máscaras de protección tienen que emitir, después de aspirar fetideces,  una especie de  acta de existencia (o inexistencia) de restos orgánicos putrefactos. Como hacen- salvando la distancia- los arqueólogos cuando catan un posible sitio arqueológico y tienen que emitir un Certificado de Inexistencia de Restos Arqueológicos (el famoso CIRA) para otorgar permiso para la construcción de una obra  (explotación minera, una  carretera o edificio).

     Digamos de paso,  que  Odebrecht sobornó también a ciertos arqueólogos para que emitieran prontamente, sin hacer cateos previos, el CIRA  para el tendido del gaseoducto del Sur, cuya primera etapa llegará hasta Anta (en Cuzco), y la segunda etapa hasta Ilo (en Moquegua). El miasma de la corrupción infestó el cuerpo externo e interno de la nación peruana.

    Sedapal ha emitido últimamente un informe sesgado. En su nota de prensa (buscando lavar su inoperancia) dice que de enero del 2018 a marzo del 2019, ha atendido 41, 412 atoros de desagüe en Lima y Callao generados por el mal uso del alcantarillado y que, en algunos casos, causaron aniegos. Que preocupa mucho que solo de enero a marzo último se hayan reportado 92 emergencias de este tipo al día (es decir, 8 mil 280 casos en ese lapso de tiempo). Los distritos populosos son los que están más en ascuas.

    Pero Sedapal, sesgadamente, dice que  fue causado “por el mal uso del alcantarillado”, culpando  a los usuarios; no reconoce que la red de tuberías están ya obsoletas y obstruidas con un sarro petrificado por años; y que encima, en el suelo, las municipalidades siguen otorgando permisos para construir grandes edificios de 18 o veinte pisos (en cada piso con 6 departamentos, para 5 habitantes por departamento) sin haber habilitado previamente la red de tuberías de agua y desagüe. ¡Es una locura! Hay días en que Lima amanece con su atmósfera infestada, los malos olores brotan como si la ciudad sufriera de una “halitosis” crónica.

     No hay derecho que suframos además de la “fetidez” causada por la corrupción política y empresarial la fetidez emanada del subsuelo, que supuestamente lo teníamos controlado. Y aun así algunas constructoras nos siguen metiendo el  cuento del metro subterráneo.

     Al limpiar los desagües por un atoro- dice Sedapal- , los pobres obreros, cual topos subterráneos, no solo hallaron basura, sino cosas increíbles como camas, llantas y maniquíes. Claro que muchos usuarios tienen también parte de culpa: no tienen una cultura de salubridad. Se bota basura al suelo y al subsuelo; los desperdicios arrojados desde las casas, restaurantes, comercios e industrias provocan atoros. Existe una responsabilidad/irresponsabilidad compartidas entre Sedapal/usuarios. Conviene entonces hacer una agresiva campaña educativa para el buen cuidado del ambiente superficial y profundo.

    El inmenso aniego producido hace algunos meses en Lurigancho (el distrito más poblado de Lima), que inundó e infestó dañando vidas y casas es una negativa metáfora que nos advierte lo que puede suceder en toda Lima, sin hacer distingos de clases sociales. Lima puede luriganchizarse, ser invadida por fétidas aguas y desperdicios por la explosión de antiguas tuberías de desagüe que no han sido bien mantenidas o modernizadas.

    A juzgar por los recientes trabajos realizados en Chachapoyas un parecido problema de alcantarillado puede ocurrir fundamentalmente por la incuria de  autoridades municipales y culturales; por irresponsables constructoras amparadas por el Plan Copesco, y porque la sociedad civil  se mostró indiferente, no reaccionó a tiempo. Claro que hubieron voces de advertencia, pero fueron pocas y aisladas.

     Toda la arquitectura de la ciudad Antigua Chachapoyas es histórica, los pétreos materiales  originarios de su  casco histórico tuvieron que respetarse, no haber blanqueado su rostro con sillar arequipeño, quitando otros elementos tradicionales. Pero lo más preocupante es la antigua y obsoleta  red de agua/desagüe. Puede colapsar. El suelo y subsuelo de Chachapoyas no están para edificios altos y pesados. Es un territorio de Ceja de Selva húmeda.

    Que el caso limeño sea nuestro espejo. Es urgente el asesoramiento de ingenieros sanitarios,  arquitectos urbanistas y de arqueólogos para que nuestra ciudad no pierda su estética urbana. Para que sea siempre hospitalaria, limpia y apañadora.
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 *EDITORIAL. Para Radio Reina de la Selva. Lima 3 de mayo del 2019. Luis Alberto Arista Montoya.
 

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