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RESPUESTA INESPERADA

Pastillita para el Alma 01 – 10 – 19 Hace muchos años, acompañando a mi hermano Luis Ángel, en su tarea dominical de evangelización por el Cerro de El Misti, en el distrito de Comas, preguntó; ¿Qué entiendes por FE?, y mi nieta Mayita, con sus 6 años, cursando el 1er grado en el Colegio

RESPUESTA INESPERADA



05/10/19 - 12:20

Pastillita para el Alma 01 – 10 – 19

Hace muchos años, acompañando a mi hermano Luis Ángel, en su tarea dominical de evangelización por el Cerro de El Misti, en el distrito de Comas, preguntó; ¿Qué entiendes por FE?, y mi nieta Mayita, con sus 6 años, cursando el 1er grado en el Colegio San Andrés, se apresuró a contestar. “FE, ES CREER EN ALGO QUE NO SE VE”. Su respuesta nos dejó perplejos a las 4 personas que a las 7 de la mañana dormitábamos en el carro por el kilómetro 14 o 15 de la Túpac Amaru.

Este último domingo del mes de setiembre con Charito y un joven venezolano, nos íbamos a ver a una niñita de 9 años, que vive en el cerro Buena Vista, ya cerca del hospital de Collique, en un carro Peugeot último modelo, que dejamos cerca de un centro comercial y tomamos un viejo carro destartalado con dos personas mayores y fornidas, con sobrepeso exagerado para el auto.
 Empezamos a trepar el cerro, por una ladera empinada talvez de 60 grados de inclinación, atravesada de vez en vez, por rompe muelles y entre mí, pensaba, que si el motor se apaga, íbamos a retroceder cuesta abajo, sin freno que nos pare. Disimuladamente comuniqué al conductor mi preocupación y su respuesta fue tenga “Fe doctor”. 

Después de 20 minutos largos en una cuesta de camino de polvo y cascajo, llegamos al lugar donde terminaba el camino y subimos por unas escaleras de cemento, aún más empinadas entre viviendas de triplay y techos cubiertos por plástico y una que otra calamina.

Allí estaba la niñita que hacía 4 años atrás había sido sometida a la extracción de un riñón y ahora tenía problemas para orinar y tenía que ser intervenida quirúrgicamente nuevamente. Pedimos información a sus padres y me comprometí hacer algunas gestiones para ver cuál era realidad su diagnóstico y ver la forma de ayudarle, ya que según la muy apenada mamá, en un aparte, me dijo que tenía cáncer de vejiga y debía ser evacuada al extranjero para su tratamiento.

Al parecer, la bajada fue más fácil y tuve oportunidad de cerciorarme que la “limusina” en mención tenía muy buenos frenos y me dio oportunidad de contemplar, arriba, casi desde el cielo, la belleza de la parte norte de la gran Lima, con sus grandes diferencias de las viviendas y comprobar una gran cantidad de edificios de varios pisos, que la mayoría son hostales y discotecas.

Casi a la mitad del cerro, llegamos a la iglesia, que la señorita Francis la construyó y con una pequeña área para mi consultorio médico. Había una cantidad de niños entre 4 a 13 años, alguno que otro joven, madres de familia en regular cantidad y presencia de hombres adultos, más o menos entre 7 a 10. Algunas personas me conocían cuando iba a atender pacientes unos 3 años atrás.

La dama que estaba conmigo, casi me sorprendió al invitarme para decir algunas palabras, en vista que el pastor estaba ausente y la señora que lo reemplazaba no había venido.

Me entregaron una Biblia vieja y mientras ordenaba mis ideas, le pedí a mi amigo venezolano, catedrático universitario, que busque la oración del Padre Nuestro en el Evangelio de San Marcos.

Todos de pie, oramos el Padre Nuestro, la oración que nos enseñó Nuestro Señor Jesucristo, cosa que lo hicieron con mucha unción y sentí en el plácido ambiente, una sensación de quietud y tranquilidad, una tibieza del aire que se filtraba por las rendijas del techo y de las ventanas cubiertas de plástico azul color cielo.

Pregunté a todos que entendían por FE. Me dieron diferentes respuestas, que no me convencieron, hasta que uno me dijo: ES CREER EN DIOS. Enseguida pregunté si veían a Dios, desde luego todos me dijeron que NO.

Entonces, con voz fuerte, les pedí que levanten la mano todos los que CREÍAN EN DIOS. Todos levantaron la mano.

Luego les dije: Levanten la mano todos los que no creen en Dios. Nadie levantó la Mano y solo la Levanté YO, y con voz más fuerte, ayudado con el micrófono, volví a decir YO NO CREO EN DIOS, volví a repetir 3 veces YO NO CREO EN DIOS.

Miradas encontradas, de sorpresa, de miedo, de odio, de extrañeza. Se miraban unos a otros, sin emitir palabras. Más sorprendida aún Charito y mi amigo extranjero y cuando ya todos se iban recuperando del mal rato y antes de escuchar una palabra de interrogación o de reproche, volví a repetir, con voz más pausada: “Yo no creo en Dios, porque YO LO SIENTO DENTRO DE MI PECHO, SIENTO QUE ÉL ESTÁ CONMIGO, QUE ME ACOMPAÑA CADA INSTANTE DE MI VIDA, además, Sus actos, Sus hechos, están presentes. Veo sus obras en el sol que nos alumbra, en el aire que respiro, en la mirada piadosa de un niño, en la presencia de ustedes y en el amor insensible que se profesan, en la soledad envidiable donde viven, dentro de su pobreza material y su gran riqueza espiritual, que talvez no lo valoran, porque en ustedes, es una rutina y pasa inadvertida".

Ustedes viven en comunidad y solidaridad, conocen de sus necesidades, de sus falencias, sus dolencias, enfermedades. Se llaman por sus nombres, se saludan, se confunden unos con otros; claro que no todo es alegría, porque también hay lobos disfrazados de ovejas, que se confunden y esconden entre los buenos, pero felizmente son muy pocos y son conocidos.

Lo rescatable de toda esta gente que vive ahora en las colinas, lo que muchos llaman los cinturones de pobreza, son muy unidos, se ayudan y se apoyan, con lo poco que tienen. Soy testigo de excepción que cuando cae enferma, la esposa o la madre que cuida los hijos, mientras el esposo o el marido, sale a trabajar o buscarse la vida para traer el pan a su vivienda, los vecinos se ocupan de cuidar a los niños menores, muchas de ellas cocinan, lavan la ropa. Organizan actividades para sacar fondos como polladas, anticuchadas, partidos de fulbito y todos ponen su granito de arena.

Cuantos de los que vivimos en la gran ciudad, no conocemos ni siquiera el nombre de nuestros vecinos; los familiares más cercanos, no tienen tiempo para llamarnos por teléfono y menos visitarnos; nos vemos, talvez en los cumpleaños, fiestas de Navidad y con los vecinos en las fiestas patronales, en los matrimonios, en los velorios y sepelios.

Quizás soberbiamente hablo sin derecho que me asista, pero tuve la oportunidad de contemplar y beber las enseñanzas de mis maestros, desde mis años mozos, cuando era miembro de la Acción Católica con el padre Isidro Gonzales, de ICTUS con el padre Pedro Pablo Reátegui y Carlos Gates, con mis hermanos Pachacos, haciendo nuestras campañas médicas con los doctores César Valdez y Mauro Mesías en Pipus y Santo Tomás, como oficiales de la 17 Comandancia de la Benemérita Guardia Civil, como médico del Cuerpo de Bomberos Voluntarios del Perú y en muchas otras actividades que, hasta ahora, Dios, me da la oportunidad de servir, teniendo la Felicidad de SENTIR LA PRESENCIA DE DIOS EN MI VIDA.

Y robándome los versos bellos de esa linda canción de alabanza a Dios, yo deseo decir que lo SIENTO a Dios, porque lo llevo desde niño en mi pecho, por mis padres maravillosos que me eligió, por mis hermanos y la familia que me concedió, por haberme hecho ver la grandeza de su creación, en mi hermosa y humilde Chachapoyas de ayer; por la compañera de mi vida y mis hijos que me regaló; por mi hermosa profesión de servicio que me encargó como misión; por mi larga vida en este mundo, que para mí es un paraíso lleno de alegrías, las más de las veces; por amar y ser amado; por perdonar las faltas que cometí; por dañar, sin querer, a las personas que amé y amo y por enseñarme lo poco que soy y valgo, cuando me enfrenté a Su Poder y me quitó de mis manos, lo que más quise en este Mundo.

Perdóname mi Dios, porque en el poco tiempo que me queda, ya no me alcanza para seguir dándote gracias por permitir SENTIRTE y acompañarme en todos mis actos hasta el final de este hermoso invierno, hasta que se cumpla Tú Voluntad, pero, mientras tanto, Señor, sigue concediéndome la fuerza y la valentía, para nunca rendirme ni ante el dolor del cuerpo ni las debilidades del alma y esperando que tu divina Misericordia, conceda a nuestra Patria, un destino mejor para sus hijos.

Jorge REINA Noriega
*AYÚDAME A AYUDAR*
jorgereinan@gmail.com

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