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DESDE ANTES, EL SOL SALE PARA TODOS IGUAL

Pastillita para el Alma 04 – 01 – 2020 A veces recuerdo con alegría, lo que nuestro inolvidable don Gustavo Collantes, contaba de sus viejos antepasados, que en aquellos tiempos en que el correo de nuestra tierra venía a lomo de mulo, en postillones del corro, de don Pedro Quiroz

DESDE ANTES, EL SOL SALE PARA TODOS IGUAL



07/01/20 - 06:17

Pastillita para el Alma 04 – 01 – 2020

A veces recuerdo con alegría, lo que nuestro inolvidable don Gustavo Collantes, contaba de sus viejos antepasados, que en aquellos tiempos en que el correo de nuestra tierra venía a lomo de mulo, en postillones del corro, de don Pedro Quiroz, desde Celendín y una carta procedente de Lima, fácilmente tardaba 7 a 8 días en llegar a la Fidelísima, lógicamente que estas cartas eran muy preciadas por las novedades que traía de un ser querido que permanecía en la capital de la república.

Nuestro Gustavo con la chispa que lo caracterizaba, contaba, que para eso los viejos se reunían en la sala, que era un lugar muy serio de la casa, con cortinajes, sombrereras, escupideras de loza, sillas de Viena, con esterilla, algunas veces alfombras y las más de las veces petates. El viejo se sentaba en su sitio de costumbre, con toda la solemnidad del caso, con las piernas cruzadas y afilándose los mostachos, mientras que la dueña de casa, muy cuidadosamente, con una navajita,  abría el sobre, en seguida leía en forma silenciosa lo que decía la carta y ante la ansiedad y la expectativa del dueño de casa, y el silencio de la matrona, preguntaba con voz ronca: ¿Qué dice la carta? Y ella, que deseaba terminar de leer, respondía: ¡No, nada dice! Y el viejo siempre, duro y preciso en sus comentarios concluía: ¡Ah, entonces papel blanco te han mandado! 

Ahora esto nos causa hilaridad, pero lo que la mamá  cuidaba al terminar de leer la carta, era con la finalidad de descubrir algo que no preocupara al dueño de casa, porque las madres en su cariño infinito, eran incapaces de provocar en sus esposos alguna preocupación del hijo ausente o del familiar lejano. 

Recuerdo que cuando el hijo se ausentaba de su terruño, las madres de aquellos tiempos se preocupaban de bordar la marca en las camisas, en los pañuelos, aún en los calcetines. El día de la despedida era un acontecimiento, tal parecía que era un adiós para los campos de batalla, con llantos y bendiciones mil, donde los muchachos que terminábamos la secundaria en el glorioso colegio San Juan de la Libertad, teníamos que alejarnos hacia la costa con la finalidad de buscar una profesión.

Será que en esa época, no había vías de comunicación y muchos teníamos que salir por tierra, a lomo de mulo, por caminos de herradura, pasar por la fila de Calla Calla y Saollamur, sobre los 3.800 metros sobre el nivel del mar, bajar y caminar dentro del agua por Quebrada Honda, donde las víboras y las serpientes  cruzaban asustando a las bestias de carga, luego  atravesar el rio Marañón por Balzas, lugar endémico de paludismo, que muchas veces producía enfermedades incurables en los viajeros.

Muchos de aquellos estudiantes, ya no regresaban a nuestra tierra, sino hasta terminar con sus estudios universitarios y algunos de ellos solo cuando deseaban ser elegidos como miembros del parlamento nacional, por eso es que las cartas eran mensajeras de noticias muy importantes.

Aún, en la época del 50 y comienzos del 60, usábamos los servicios de radio de la prefectura, como un favor muy especial de la autoridad competente o de nuestro amigo Ricardo Liza o Adolfito Chota, que eran radio operadores, para lo cual teníamos que tener una cita de hora exacta tanto en el ministerio de gobierno y policía en Lima y en la prefectura de Chachapoyas.

Increíble para nuestros hijos y nietos, cuando les contamos esta clase de peripecias, no alcanzan a comprender que no hace mucho tiempo haya sucedido toda esta clase de acontecimientos, cuando ahora se puede hablar a cualquier parte del mundo, desde su teléfono celular e inclusive vernos por los videos y aún sin costo alguno, en la mayoría de las veces.  

Sin embargo, desde antes, el sol sale igual para todos, ilumina con sus rayos, nuestras alegrías y tristezas, brilla en todo el territorio de nuestra patria, como era antes de que se presenten las revoluciones industriales, de comunicaciones y de tecnología, pero nuestra gente, lejos de mejorar en sus sentimientos, tal parece que ahora ha perdido ese sentimiento de amor tan arraigado en las familias de antaño.

Aunque no lo crean, qué difícil es hacer una llamada para saludar a un amigo o a un compadre por su cumpleaños o para felicitarle por algo o en el mejor de los casos para saludarle y tener el placer de escuchar su voz…, te encuentras con cada respuesta, que prometes ya no llamar nunca más:
¡¡¡ Aló, hola compadrito, que gusto de llamarte… ¿Cómo estás? ¡!!
Ahh, hola compadre, bien, bien y tú como estás.., cómo estás?
¡¡¡ Bien gracias a Dios compadrito, cómo está mi comadrita?
Ahh,  ella, está bien, bien, bien… gracias, gracias.
¡¡¡ Y tú, cómo estás compadrito, noto que por tu voz estás bien de salud ¡!!
Si compadre, estoy bien, gracias, gracias.
¡¡¡ Bueno compadrito, gusto de saludarte, ojalá venga por Lima, saludos a todos por casa ¡!!
Ya compadre, gracias, gracias. Chao compadre, chao…
KLIC

A otros parece que tus llamadas les molesta, te contestan de mala gana, con frases cortadas y a veces hirientes, como si uno tuviera culpa de su mal humor o somos causantes de una deuda que no se paga o piensan que se les va a pedir un favor y anticipan su trato desconsiderado para que ya no te atrevas a solicitar nada… tal vez nunca se darán cuenta, que nuestras llamadas son porque, de repente, donde se encuentra se siente solo y abatido y desea a gritos escuchar la voz del amigo que le de calma en su dolor y en sus angustias.

Claro que no son todos, quedan algunos que siguen teniendo el mismo cariño y sentimientos de nuestros tiempos mozos, con los cuales recordamos épocas de antaño, de las serenatas, de los bailes sociales, de las fiestas de candil, nos volvemos a contar los mismos chistes de velorios, los cuentos del cura sin cabeza, de la Sabarberín, del Juandela y del Pancho Upa, de los partidos de sapo en el Arbolito de la Sapra, o de don Julio Meza o don Alberto López en Santo Domingo, los cuyes shactados en Higos Urco o en las Curvas Carolinas, las semitas de doña Petita Castro, los bocadillos de doña Mushita de Chincha Alta, el guarapo de Penkapampa que ayer nos divertían y que ya no volverán. 

Ellos, tienen la magia de hacernos sentir que no somos foráneos en nuestra tierra y casi como si nos comprendieran, que en el bullicio de la capital, con luces tintineantes, televisión, radio, cinemas, teatros, miles de diversiones y bullicio por todas partes, muchas veces vivimos en el silencio de nuestra soledad y el volver a escuchar la voz del amigo del pariente, del familiar ausente, es como el agua al sediento, el pan al hambriento, la palmada en el hombro al enfermo, el  agua bendita que cura los males y en el oído sordo del viejo, vuelve a reverdecer las hojas de los eucaliptos de Tasia, los limoneros y las lúcumas de doña Encarnación, el sabor de la chichita fresca de doña Brígida, el sabor de los tamalitos de doña Carmen Castillo y los piqueos de cecina de doña Margarita Chocaca, o el caldo de gallina de doña Rita, del jirón Grau, al lado de su botica de don Pedro Villacorta, donde con nuestro profesor Gilberto Rojas, cantaban Linyera, Con Locura, Riski, María Albertina y tantas otras canciones que nos hacían olvidar a Los Panchos o al Trio Los Calaveras o a los Tres Diamantes.

Sin embargo, que valiente aquella persona, que haciendo gala de  la estirpe de su raza y la nobleza de su apellido, cubre sus males con una sonrisa y con voz cantarina, cuando la escuchas a través del teléfono, quiere engañarte, que es la misma que ayer fue reina del carnaval o la abanderada del Colegio San Juan o la profesional distinguida y por un momento desea olvidar la sentencia que no perdona, como son  los años, los cuales cumpliendo el mandato divino, para todos, va minando progresivamente nuestro cuerpo de muerte y entonces, es imposible luchar con las leyes de la vida y lo único que nos queda es agradecer a Dios por nuestros actos y también pedir perdón y sin pecar de soberbia ni de humildad extrema, concluir como dice el poeta:  

“Nada humano es perfecto, puro y santo,
Todo se halla con lo impuro, entremezclado
El mismo corazón con ser tan noble
Cuantas veces se muestra enmascarado”

Jorge REINA Noriega
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jorgereinan@gmail.com

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